¿Puede uno observar la montaña sin arrojar conclusiones?
¿Sin querer cambiar el color, su textura, su altura, su silencio?
¿Es posible observar la montaña sin el movimiento del recuerdo, de los caprichos, del debería ser de esta manera u otra?
¿Puede uno observar completamente? sin ser alguien, algo?
¿Puede simplemente, dignamente suceder la observación sin que intervenga la pared del pensamiento en sus diferentes formas y variantes?
La montaña es verde, ¿puede uno quedarse con ello?
¿Puede uno convertir todo ese tren de imágenes que es el pensar
en la montaña que observa?
Junto con todos los sonidos, todo lo perceptible a la vista,
todo el estar del cuerpo con sus sensaciones,
¿Qué sucede en una investigación de este tipo, profunda, alerta, sin etiquetas?
Cuando uno camina y observa el cactus, la palmera, el olivo, el polvo, la piedra, uno se da cuenta de que vive en comunión con monumentales maestros, en donde nada queda sin decirse, sin gritarse, sin mostrarse. Se sospecha entonces que la astucia del pensar no tiene nada que ver con la inteligencia.